Vinos Tintos

El proceso de elaboración del vino tinto se inicia con el despalillado, que consiste en separar las partes sólidas de la uva para que, en la maceración del mosto de uvas tintas, no se transmitan sabores extraños. Durante la fermentación, los azúcares se tranforman en alcohol y desprenden anhídrido carbónico y el mosto disuelve los colorantes del hollejo. El gas carbónico desprendido arrastra hacia arriba los hollejos en el proceso de remontado, donde se forma una capa llamada sombrero que habrá que remover para que la maceración adquiera color y se pueda proceder al descube, que es la fase de trasiego a otro depósito y separación de residuos sólidos.
En este segundo depósito se inicia la fermentación maloláctica, una lenta fermentación donde los fuertes ácidos málicos se transforman en ácidos lácticos, más suaves y aportan suavidad y finura al vino. Una vez concluída la fermentación se inician los trasiegos y tratamientos de estabilización y clarificación y, finalmente, se procede a la selección por calidades y a su correspondiente embotellado (vinos jóvenes, vinos sin crianza) o se inicia la crianza en barricas de roble (vinos con crianza) donde el buen hacer del enólogo y su arte a la hora de ensamblar la madera con el fruto dará al vino nombre y apellidos.
Los climas varían -y seguirán haciéndolo peligrosamente si no aprendemos a ser más respetuosos con nuestra tierra- pero las caracterísitcas geoclimáticas de Mallorca, permiten la adaptación de un amplio rango de variedades de uva. Para los vinos tintos, las actuales denominaciones de origen miman las variedades autóctonas, como el Manto Negro, Callet y Fogoneu, aunque reconocen también el Tempranillo, Monastrell, Cabernet Sauvignon, Syrah, Merlot o Pinot Noir, que aportan a nuestros vinos la complejidad y riqueza de matices que los hace únicos.